miércoles, 23 de octubre de 2013


HISTORIA DE UN REPUBLICANO

Tal como le prometí, y cumpliendo expresamente su deseo.

 Hoy, once de diciembre de mil novecientos ochenta, tras el fallecimiento de Nicolás el Tuerto, rasgué el sobre, había llegado la hora de desvelar el secreto que escondía aquella carta y que había permanecido oculto durante tantos años.

Con una letra irregular empezaba así.

 “Querido hijo: solo ahora es el momento de compartir contigo una parte de mi vida que quisiera no haberla vivido pero como la historia, aunque sea amarga  es historia, quiero que la conozcas porque tú eres para mí la prolongación de mi vida.

 Nicolás y yo éramos grandes amigos, con la salvedad que él había nacido dentro de una  familia burguesa dado que sus padres poseían una gran fortuna. Pero eso no fue suficiente para separarnos, habíamos crecido juntos, fuimos amigos desde nuestra más tierna infancia, habíamos compartido muchas cosas: juegos, correrías,  y  las primeras letras del abecedario; también los primeros amores de niños. Pero llegó el momento que el  dinero nos jugó una mala pasada. Cierto día, en el patio del colegio, me dijo:         -Manuel, en mi casa han decidido que prosiga mis estudios en Madrid, tendré que vivir allí todo el año, con esto te quiero decir que solamente estaré aquí hasta final de este curso, pero no te preocupes que nuestra amistad nunca nada ni nadie la podrá malograr por mucha distancia que haya de por medio.

Por un momento, no supe que responder, pero rehaciéndome de mí asombro le dije que no se preocupara, que como él bien decía, nuestra amistad estaba por encima de la distancia, y que para eso estaban los veranos, para vernos y recuperar el tiempo perdido.

Pero el tiempo fue implacable y se hizo corto, muy corto.

 Llegó el verano, y con él las vacaciones que intentamos vivir sin darnos descanso, pero irremediablemente nuestro tiempo pasó. Quince días antes que empezara el curso, mi amigo, siguiendo el destino que le habían marcado, emprendió su viaje hacia la capital, Madrid.

En contra de lo que habíamos planeado, pasaron los años y no volvimos a vernos y, cuando lo hicimos fue en una situación desesperada.

***

El dieciocho de julio del año mil novecientos treinta y seis, el General Franco, con un grupo  de rebeldes militares se alzó contra el gobierno legal de España. Jóvenes y mayores nos vimos en la necesidad de elegir en qué lado de la contienda teníamos que luchar aunque a algunos no les dieron esa opción; yo me decanté por el bando que se acercaba más a mis ideas políticas, así que me alisté con el ejército Republicano.

Una noche nos citaron en la plaza del pueblo, a Julián, a Lorenzo y a mí, fue la última vez que nos vimos.

 A media noche, llegó a la plaza un camión que ya venía lleno de soldados que iban recogiendo por los diferentes pueblos de la comarca, como pudimos nos apretujamos  en su caja, sin más dilación partimos con dirección a Zaragoza.

Hacía frio, al mando iba un viejo sargento qué nos dijo que no nos preocupásemos que llegaríamos a Zaragoza sobre las seis de la mañana, nos concentrarían en un cuartel y que nos adiestrarían en el manejo de las armas, que no tuviéramos miedo, que había llegado el momento de luchar por una patria que estaba en peligro y nos necesitaba, que derrotaríamos al enemigo costase lo que costase.

Durante el trayecto nos ofreció en tres ocasiones café, y paró el camión dos veces para

desentumecer los músculos.

Eran las seis de la mañana cuando alcanzamos  las puertas de la ciudad de Zaragoza. Hacía rato que una llovizna persistente y helada nos picoteaba el rostro, nos pegamos unos a otros para darnos un poco de calor.

 El agua del caudaloso Ebro corría desesperada, como si tuviese prisa en llegar a algún sitio para mi desconocido.

La Basílica del Pilar, con sus encrespadas torres quedó a nuestra derecha, los cuarenta hombres que allí viajábamos, no se sí todos éramos creyentes, lo cierto es que todos levantamos la cabeza y en algunos labios se pudo leer una oración.

El cuartel estaba emplazado en una avenida ancha, larga. Al llegar a la puerta el centinela nos dio el alto, se cuadró ante el sargento Pérez y cruzó unas palabras con él sin bajarse del camión. El centinela hizo sonar un silbato y nos hizo pasar a un patio interior donde nos recibió un joven teniente.

Nos hicieron descender, nos llevaron a un barracón, y nos dieron una manta para amortiguar el frío, pasamos al comedor y nos ofrecieron un desayuno, un trozo de pan duro con dos sardinas de lata y un café, según el mismo sargento que había hecho el viaje con nosotros, nos serviría para entrar en calor.

Durante dos años conocí muchos hombres de distintos lugares de España, andaluces y  extremeños sobre todo. Pasé por diferentes frentes donde vi morir muchas personas sin poder hacer nada por ellas, sólo en algunos casos pude darles el valor que a mí me faltaba antes de que iniciaran su último viaje.

Un día, en un pueblo de Aragón, las fuerzas franquistas nos acosaban endiabladamente, nuestra resistencia era débil. De un grupo de cincuenta hombres habían caído la mitad, los que quedábamos estábamos angustiados, no podíamos aguantar por mucho tiempo las envestidas de las tropas de Franco, pronto tendríamos que tomar una decisión, el teniente que teníamos al mando dio la orden de retroceder, nos parapetamos en una casa deshabitada a las afueras del pueblo, pero el enemigo no tardó en rodearnos y a pesar del gran esfuerzo realizado no pudimos contenerlos.

¡No quiero ninguno vivo! Escuchamos que decía el que seguramente estaba al mando. A los diez hombres que aún quedábamos en pie nos hicieron tirar las armas en un rincón. De pronto, no sé de donde salió, una fuerte patada se estrelló en mi estómago que me hizo doblarme como un junco: -de este cabrón me encargo yo mi teniente, -¿es que lo conoces sargento Nicolás? –Sí, sí somos viejos conocidos, la suerte me ha acompañado y lo ha puesto de nuevo en mis manos, no va a tener tiempo de arrepentirse de haberme conocido.

    -bien sargento, encárgate de él, asegúrate de  que nunca más respire, pero llévatelo fuera por hoy no quiero ver más muertos.

Con el mosquetón apoyado en los riñones nos sacaron de la casa, los diez hombres sabíamos que nos había llegado la hora, dándome un fuerte golpe en la espalda el sargento le dijo a sus hombres, a este me lo llevo yo, quiero tener una animada charla con él antes de mandarlo con el diablo. Ya era noche cerrada, a empujones me separó del grupo y dimos un rodeo a la casa tragándonos la oscuridad.

-Manuel- me dijo, -perdóname, nunca pensé que nos encontráramos en esta situación.

Yo me quedé perplejo, hasta entonces no le había mirado a la cara.

Nicolás se abrazó a mí rodeando mi espalda con sus brazos y antes de que pudiera hablar me dijo –calla no digas nada, solo escúchame, ahora nos vamos a separar, aprovecha la noche y escóndete, nosotros dentro de un rato volveremos al pueblo, cuando pase un tiempo, ¿Ves el camino que tenemos en frente? A una hora caminando encontrarás un caserío donde vive una familia amiga mía, el dueño es una buena persona, se llama Serafín, enséñale esta moneda, dile que vas de parte del sargento Nicolás, sabrá qué hacer contigo. Nos dimos un abrazo y me introduje en la espesura del bosque. No había trascurrido ni un minuto cuando sonó un disparo seguido de otro.

***

Cuando Serafín tuvo la moneda en sus manos, la examinó atentamente. Sus ojos lo delataron, no sé que podía significar para él pero puedo asegurar que le trajeron recuerdos que tenía guardados.

 Serafín era un hombre de unos cincuenta años, alto, y aunque un poco curvado se apreciaba que en su juventud había sido un hombre fuerte. Su mujer se llamaba Matilde, Mati para su marido, era tierna y bondadosa, pero desde hacía tiempo la sonrisa se le había borrado de los labios. La hija era una chica alta, bella, y espigada. Su hijo Samuel, algo más joven que ella, estaba en el frente.

Todas las noches después de cenar charlábamos de muchas cosas, pero en particular de aquella injusta guerra que tenía la España dividida. Lo último que sabía de su hijo Samuel, era que se encontraba luchando por la defensa de Teruel, acosada por las tropas Nacionales. Su hijo Samuel y Nicolás se habían conocido en la universidad y desde entonces se profesaban una gran amistad.

 Estuve en casa de Serafín seis meses, hasta que finalizó la guerra. Las noches se me hacían interminables. Soñaba con regresar a mi tierra, a mi pueblo, a mi casa.

Por fin en él año treinta y nueve, se dio por terminado el conflicto. Un día por la mañana me despedí de aquellas buenas personas que me habían tratado como a un hijo. Me prepararon un morral con provisiones para el camino y emprendí el regreso hacia mi querida Lérida. Cuánto había añorado mi tierra, por fin volvería y si Dios me lo concedía nunca más la abandonaría.

Tres meses más tarde regresó Nicolás. Al segundo día de estar en el pueblo, al atardecer me vino a visitar, en su cara llevaba marcada la tragedia vivida. Pocos días después de nuestro encuentro en la batalla, un casco de metralla le había alcanzado el rostro y había perdido el ojo izquierdo.

 Delante de una botella de vino conversemos durante toda la noche, sobre todo de nuestro accidentado encuentro, de todas las amarguras y calamidades vividas, es por eso que llegamos a la conclusión de que lo que pasó aquella desgraciada noche no tenía que salir a la luz, que todo estaba muy reciente y  mejor mantenerlo en secreto toda nuestra vida.

De mi te he contado muchas cosas, este es el eslabón que te faltaba para completar mí historia, espero que te ayude a entender muchas cosas que antes para ti no tenían explicación.

Te quiero mucho hijo”.  

 

       

       

 

  

 

 

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